Un primer plano del libro la Liturgia de las Horas.

La vida contemplativa concepcionista

La vida contemplativa nace de una búsqueda constante de la presencia de Dios, vivida en la oración y la meditación. Es una vocación que responde al deseo profundo de poner a Dios en el centro de la vida.

Las religiosas que respondemos a esta vocación elegimos un camino de silencio, recogimiento y adoración continua, donde cada momento se convierte en un encuentro con Él. A diferencia de otras vocaciones dentro de la Iglesia, la vida contemplativa sitúa la oración en el centro de todo, como fuente, sentido y misión de la vida cotidiana.

En las monjas concepcionistas franciscanas, la vida contemplativa se vive desde una espiritualidad profundamente mariana. Nuestra vida de oración y seguimiento de Cristo la realizamos tomando como modelo a la Virgen María, prototipo de mujer consagrada, elegida por pura gracia para ser Inmaculada por los méritos de Cristo para la Redención del mundo.

La Virgen María pidió a Santa Beatriz de Silva la fundación de nuestra Orden para honrar este misterio de gracia divina: celebrar que Dios redime a la persona tal como es, porque es Amor y ama por encima de todo a la criatura humana, como un don querido por Él.

Nuestra vida mariana se expresa a través de características comunes a otras órdenes contemplativas: los votos de pobreza, castidad y obediencia, junto con la vida de clausura. Vivimos en comunidad, en conventos pensados para favorecer el silencio, la oración y la devoción, alejados del bullicio, creando un ambiente de paz y serenidad.

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Una monja sostiene entre sus manos una biblia.

La misión propia de las concepcionistas en la Iglesia es la oración de intercesión por la humanidad. Desde el silencio del claustro, ofrecemos nuestra vida como testimonio de una entrega total a Dios y como servicio espiritual a la Iglesia y al mundo.

Grupo de monjas en la elaboración de dulces.

El trabajo manual, en una continuidad con el monacato primitivo. A través de la artesanía, obradores de dulces u otros trabajos, sostenemos los gastos ordinarios y el mantenimiento del monasterio. Cada hermana asume personalmente sus obligaciones laborales y sociales, compartiendo la fragilidad de tantos hombres y mujeres, especialmente de los más pobres.

Una monja conversa con una chica.

Nuestro mayor aporte a la Iglesia y a la sociedad es el servicio espiritual: ser lugares de acogida para todos aquellos que, sedientos de Dios, desean descubrir la primacía de Dios en sus vidas.

Como concepcionistas, cada convento es Casa de la Virgen María, que acoge con entrañas maternales a sus hijos espirituales y a todos los que la buscan con un corazón sincero.