Sor María de San Pablo nace en Madrid en 1537, en el seno de una familia vinculada al servicio de las coronas de España y Portugal. Era la hija mayor del matrimonio formado por Bernardino de Ugarte (aposentador mayor del emperador Carlos V, y después de su hijo Felipe II) e Isabel de Saravia, de la nobleza española. Muere el 22 de mayo de 1609, a los 72 años de edad, apenas transcurridos cinco años y medio de haber fundado la Descalcez.

De sus padres recibió una esmerada formación religiosa. Desde sus primeros años mostraba una especial inclinación hacia la vida religiosa. Le gustaba asistir a la iglesia y retirarse a orar con frecuencia; también gustaba de ayudar a los demás, manifestando una gran compasión por los pobres y necesitados, a los que siempre trataba de socorrer de la mano de su madre.

En un ambiente familiar religioso y caritativo, fue creciendo y madurando su espíritu religioso. En la Corte muy pronto conocieron las cualidades humanas y la destacada personalidad de María, interesándose los reyes para que entrara como dama de cámara de la joven Reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. 

María opuso bastante resistencia, pues sus inclinaciones iban por caminos muy diferentes, pero sus padres insistieron y ella, por obediencia, accedió a cumplir los deseos reales incorporándose a la corte en 1561. Durante su estancia en palacio, María siguió demostrando su piedad y favorable actitud hacia todo lo religioso, lo cual no pasó desapercibido para la reina, la cual mostró un particular afecto hacia ella.

En 1564 falleció su padre y a partir de ese momento los reyes que la tenían en gran estima, se constituyeron como sus protectores y, por sus dones, el rey insinuó a María que contrajera matrimonio, ofreciéndole ventajosos partidos, a lo que se negó rotundamente, aduciendo que quería ser religiosa. Este deseo no sorprendió a la reina porque en palacio eran conocidos públicamente los actos de piedad, las confesiones y comuniones tan frecuentes en María. La negativa y el rechazo a la propuesta del monarca causó una gran conmoción y preocupación en el seno de la familia de María los cuales creyeron que por su oposición, iban a perder sus oficios y privilegios en la casa real e intentaron presionarla sin resultado. 

La reina, dada su estima por María, y esperando que cambiara de intención, la retuvo durante seis años. Viendo que María se mantenía firme en su intención, los reyes le dieron licencia para que escogiera el camino que ella prefería, apoyándola en su elección de estado y de convento.

María eligió el convento de La Latina, por ser de la Orden de la Inmaculada Concepción y su relación con San Francisco. 

Entró en la vida claustral a mediados del año 1567, acompañada de la misma reina Isabel. Desde el comienzo de su vida monacal demostró su humildad considerándose la menor de las demás religiosas. Se vistió con un pobre hábito, desechado de otra religiosa, y se sometió a las órdenes de la maestra de novicias, no obstante su categoría social, su edad y su proveniencia. 

Cumplía con todo detalle las obligaciones comunitarias. Era puntual a todos los actos comunes, de modo especial en la asistencia al coro y demás oraciones, lo que demuestra su finura y exigencia espiritual. Dedicaba aparte muchas horas de oración. Vivía retirada y sin llamar la atención porque únicamente pretendía agradar a Dios y pasar desapercibida ante los demás. Se distinguía por sus rigurosas penitencias, además de practicar los ayunos que ordenaba el reglamento de la comunidad, añadía otros más.

Pasó su año de noviciado cumpliendo ejemplarmente sus obligaciones personales y comunitarias, demostrando gran piedad religiosa y una vida de admirable mortificación.

El día de su profesión religiosa fue aún más solemne que el que se había dado en el día de su ingreso en el monasterio. Al acto de profesión, asistió gran multitud de personas que la admiraban y querían acompañarla en este compromiso tan significativo para ella. No podían faltar los reyes, quienes prometieron a la nueva profesa toda su ayuda material y patrocinio personal.

Tras los años perceptivos de noviciado y religiosa, fue nombrada abadesa del convento, sobresaliendo por su rectitud su mucho caudal de virtud y buen gobierno, méritos que llegaron a ser conocidos por el padre provincial  Castilla, el cual le mandó durante unos años para regir y poner en orden el Convento de Santa Úrsula de Alcalá de Henares que había sido fundado pocos años antes. Su santidad y buen hacer como abadesa, lograron un cambio radical en la comunidad pese a la oposición que mostraron algunas monjas, cuyo recelo desapareció al verla entrar llena de humildad.

Durante su estancia en el convento de Santa Úrsula de Alcalá de Henares, convivió con la jovencísima sor Inés de San Pablo, con la que pudo compartir inquietudes y proyectos religiosos. 

Vuelta a su monasterio en Madrid, el Real Consejo de Órdenes, que estaba tratando de mejorar la vida y la regla de los conventos en Castilla, la volvió a destinar al Monasterio de Corral de Almaguer para que lo reformara. Después de lograr con éxito esa encomienda volvió a su convento en Madrid donde fue nombrada abadesa por segunda vez.

Corrían tiempos en donde la situación religiosa se encontraba en serio estado de ebullición doctrinal y de notable crisis eclesial. A nivel europeo, se declaró la reforma luterana, se celebraba el concilio de Trento (1545-1563) con fuertes acentos de reforma religiosa y disciplinar. En España el cardenal Cisneros extendió un gran movimiento de reajustes en la vida religiosa. 

En sor María, se puede encontrar y destacar esa fuerte tendencia hacia el rigor de la vida religiosa, la mística del recogimiento, de la imitación de Cristo y del amor esponsal con Dios y su sensibilidad espiritual carismática. 

Los encargos recibidos y su desempeño, hicieron que creciera en ella el deseo de un mejor cumplimiento de la primitiva Regla, de que los monasterios se reformasen y se profesase en ellos la observancia y perfección debida. Y aunque esta reforma se deseó durante 20 años, nunca se había podido poner en ejecución, hasta que lo habló con Diego de Guzmán, Patriarca de las Indias y Limosnero mayor de su Majestad, y le pidió que les procurase una casa en Madrid, donde se hiciese esta nueva fundación, tomándolo él con mucho interés. El patriarca era capellán de las Descalzas Reales y conocía al Caballero de Gracia (Jacobo Gratij, 1517-1619, en curso de beatificación) de sus continuas visitas al monasterio tan cercano a su casa. En uno de sus encuentros le habló de la petición, y le halló tan fácil en aceptarlo que les ofreció todo enseguida y con tanto gusto que cada momento que se tardaba en ejecutarlo le parecía un siglo.

El Consejo Real, que debía aprobar el convento, vio obstáculos en la estricta pobreza que las monjas proponían. Sin embargo, gracias al Caballero y a que varios parientes donaron un mínimo capital, al fin obtuvieron la cédula de aprobación.

Se fijó la fecha de la entrada solemne en el local preparado con esmero, para el 5 de enero de 1604. El convento se llamaría San José de Jesús María, inspirado en la casa de Belén; por su pobreza, sor María le llamaba mi portalito de Belén, aunque pronto fue conocido como de las Concepcionistas Franciscanas Descalzas del Caballero de Gracia. 

A la fundadora principal, sor María de san Pablo, la acompañaron cinco monjas de la concepción franciscana: sor Ana de san Antonio, sobrina; sor Isabel de san Agustín, hermana de la fundadora; María de Ayala, sobrina del mismo nombre que sor María de San Pablo; sor Ana y sor Catalina de san Francisco. Todas eran de escogida virtud, confidentes de sus aspiraciones y esperaban con sumo fervor el nuevo estado de vida.

En su vida, sor María era agradable y transmitía bondad. Su conversación delicada y fraterna producía confianza. Como abadesa mandaba con cortesía, gran respeto y confianza hacia todas las religiosas, sin demostrar autoridad y nunca manifestó resabio hacia ninguna. Se presentaba no con el rigor de la ley, sino con la sonrisa y la ternura de la caridad evangélica. La presencia y la cercanía fraterna disipaba los temores en quienes los tenían y llevó la calma a todas las comunidades que le eran encomendadas, de manera que el ambiente monacal comenzaba a ser más sereno, fraterno y profundamente religioso.

Sor María, ya anciana, enfermó con fuertes calenturas, sin fuerzas corporales y muy debilitada por su mucha penitencia, por sus continuos achaques y con una salud muy deteriorada, murió con fama de santidad (así lo expresan los biógrafos de la época) el 22 de mayo de 1609, a la edad de 72 años. 

Antes de expirar pidió que la pusieran en el suelo para morir y así imitar la desnudez de Jesucristo en la cruz, llegado el momento final repitió devotamente y con unción la frase: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. 

Su cuerpo se encuentra incorrupto y custodiado en el coro alto del actual monasterio, junto con el de la maestra y confidente de la Madre María Jesús de Ágreda, Sor María de Cristo. 

Te invitamos a que descargues el folleto el cual contiene oraciones, breve biografía sobre la Sierva de Dios, sor María de San Pablo y más detalles de nuestro monasterio.